Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de enero de 2014

noche de ánimas




podía decirse que era la noche mas fría del año. Sólo las almas errantes recorrían las calles a aquellas horas heladas que hasta al tiempo le costaba avanzar.

ni mendigos ni rufianes ocupaban sus posiciones habituales. Aun así no dejaba de estar alerta a cualquier movimiento aunque cualquier enfrentamiento sería con un no-muerto así que poco podía hacer su sable en este caso.

bajo su licenciatura de medicina encontraba cobijo su kit de caza, mezclado entre medicamentos y ungüentos podía disponer de un par de docenas de balas de plata, pequeños explosivos con metralla, veneno por sí tenía que acabar en segundos con su vida, nunca le llamó la atención que le torturaran. Dos mosquetes cargados y con la mechas puesta, además de cosas más ortodoxas pero menos efectivas pero cuando hay que entregarle el alma al diablo mejor que sea luchando aunque sea con una ristra de ajos intentando estrangular al contrario..

en los campanarios de alrededor marcaban las 12. Su objetivo era un espíritu impío famoso por sus fiestas, por su belleza, pero más por su sed de sangre. Se podía transformar tanto en hombre como en mujer. Su alma centenaria había recorrido varias capitales europeas hasta llegar aquí.

había conseguido una invitación a la última recepción, por lo que hoy ejecutaría su plan.

al llegar la observó hablando con algunos ilustres invitados. Se podía decir que su belleza cautivaba y a la vez hipnotizaba a aquel que sólo la observará el riesgo era escucharle, su voz era cual canto de sirena, sus curvas y ángulos llamaban a la sensualidad, su escote provocaba vértigo que aquel vestido negro aún resaltaba más.

al cruzarse las miradas le reconoció y le dedico la sonrisa que a cualquier mortal le habría parado el corazón.

tras la cena, un sirviente le acompañó a un despacho. Estaba plagado de libros, algunos escritos por la propia mano de Satán, brujería, licantropía eran algunas de las temáticas de aquellos libros. Mientras tocaba el lomo de un incunable llaman a la puerta. Al entrar se encendieron todas las velas de la habitación.

ella sonríe, te esperaba, dice. Le observa mientras se dirige a uno de los sillones. Vengo a cobrarme tu vida, contesta. Ríe acaloradamente, mientras se dirige a una de las estanterías para coger un libro. Te puedo enseñar más allá de lo que han visto tus ojos. Se acerca hasta notar su tibia piel carente de pulso. «¿Qué quieres a cambio de mi vida? ¿Oro, mujeres? » Sonríe de nuevo. No quiero nada contesta, mientras saca uno de los mosquetes y lo pone sobre la mesa. Provocativa, se pone en pie. Se desabrocha la cremallera dejando caer el vestido al suelo. «¿Quieres esto? » Le mira lasciva señalando su cuerpo. Le sigue con la mirada mientras se sienta sobre la mesa, separa las piernas y comienza a tocarse. «¡Tómame! » ―grita. Hace década que no toca aquella piel, la recuerda cálida, flexible y jugosa. Desde su posición podía ver como se humedecían sus dedos con el flujo que manaba del interior de su sexo. Quería tocarla, poseerla, hacerle vibrar, pero pasarían décadas hasta que pudiera volver a tenerle tan cerca.

se aproxima a la mesa, ella se incorpora, le pasa una mano por el cuello y le besa. Dulce elixir envuelve su boca. En su pantalón siente la humedad de su sexo que roza con fuerza intentando sentirle dentro. La besa, no puede contenerse. Su amor es más fuerte que la maldición que les separa. La coge en brazos y la tumba sobre la alfombra. Con avidez busca la entrada a su interior. Al traspasar su frontera ahoga un aullido. Le penetra hasta golpear con fuerza el fondo de su vientre. Mueven sus caderas al compás de los latidos de su corazón. Aún así ella se resiste al placer, se revuelve, hembra salvaje. Se abraza a su espalda, echaba de menos aquel cuerpo fibrado. Consigue morderle y succiona con suavidad. La sangre gotea por su cuello sin llegar a coagularse. Sucumbe al placer ahogando un gemido al llegar al orgasmo. Le lame el sudor de su piel mientras dice: «Una vez más la muerte se rinde al placer». Sonríe por primera aquella noche, la tapa con parte de la alfombra mientras la besa y dice: «Como siempre tienes razón, buenas noches Milady.»


ronronea: atis

martes, 7 de enero de 2014

última noche



22 de julio de 1980

creo que es el momento. Cada uno de nosotros está programado para hacer algo concreto en la vida y yo lo estoy para triunfar. Escrito así suena ridículo y pedante. Pero es cierto. Desde bien pequeña tengo el conocimiento de que seré alguien importante. Es como si tuviera un foco interno que radiara calor a mi centro de expectativas y me despertara inquietud y esperanza. Son de estas sensaciones que es mejor no comentar a nadie salvo que quieras recibir el crudo abrazo de la incomprensión; por esto es mejor guardarla bajo llave en el arcón de tu corazón, para que nadie pueda descubrirla. Hay momentos, en un despiste, que se te escapa y se pasea por ti libremente y llena, como si fuera un gas, tu fuero interno. Te hace sentir poderosa, capaz de todo, con ganas de comerte el mundo y arrasar con todo. Supongo que es lo que se llama «soñar despierta».

no voy a negar que disfruto con ello. Lo peor de todo es que cuando toca recoger y devolver la sensación al interior de tu corazón ha crecido y es mucho más independiente y rebelde que antes. Intentas doblarla para que vuelva a caber dentro, pero no hay manera. Aparecen entonces sensaciones de ahogo y estrechez, claustrofobias mentales de estar perdiendo tu tiempo, tu vida, en definitiva. Y el estómago se te anuda, y la inquietud te invade, no duermes, no descansas, solamente un pensamiento en tu haber: el callejón se te ha quedado pequeño, no tiene salida. Empiezas a cambiar tu actitud, sin darte cuenta, sin premeditarlo. Ves que en ese lugar no encajas, nunca fue tu lugar, ves que aquí nunca vas a poder llegar a nada ¿Casarte? ¿Tener una camada detrás de otra? ¿Raspas y más raspas? ¿Absurdos conciertos de maullidos nocturnos? Aguantas un día, y otro, y otro más, hasta que te convences de que ha llegado el momento y es hora de salir a buscar tu destino.

ha llegado mi momento. Mañana por la mañana me voy de aquí. Nada ni nadie va hacerme cambiar de idea. Voy a ser actriz, una gran actriz, famosa y aclamada y, sobre todo, envidiada. Envidiada por estos felinos Jélicos que no tienen la sensibilidad necesaria para ver que yo he nacido para triunfar.


ronronea: grizabella

miércoles, 18 de diciembre de 2013

decisión de volver



8 de mayo de 2013

una piensa que siempre será joven. Una piensa que siempre será joven cuando es joven. Que siempre va a poder tener todo el tiempo del mundo para hacer todo aquello que se quiere hacer. Pero una, como joven, anda equivocada. El tiempo se consume y te pasas la mayor parte de tu juventud planeando proyectos de vida que nunca van a llegar a ver la luz. Porque a pesar de que es cierto que el tiempo se consume, cuando ya por fin has derrochado toda esa energía propia de la juventud y se supone que ha llegado el momento de poner tus proyectos en marcha, fallan las ganas o aún peor, empiezan a fallar las capacidades. El caso es que un día descubres que se te ha pasado la vida y, en tu saca del haber, no están todas esas expectativas que, de joven, fueron tu motor.

salí del barrio queriéndome comer el mundo y fui aperitivo, segundo plato y hasta postre de éste. Es cierto que he vivido mucho, pero ¿de qué me ha servido? Ahora me siento sola, muy sola. El mundo cansa y estoy cansada y, cuando estás cansada, lo único que quieres es una dulce mirada felina, un maullido cariñoso y compartir alguna raspa de vez en cuando.


ronronea: grizabella

jueves, 5 de diciembre de 2013

volver



15 de agosto de 2013

regreso de nuevo al que fue mi hogar. Soy Grizabella. (Silencio y expectativa). Esperaba un buen recibimiento, pero aquí no hay nadie. No pretendía ser tratada con deferencia, sólo un pequeño recibimiento, un «hola», quizá, o un «vaya, ha vuelto de nuevo; esa vieja gata nos viene a dejar sus huesos, ¡un verdadero legado!». Pero aquí no hay nadie.

no me engañáis. Veo vuestros ojos felinos curioseando desde la oscuridad. Siento vuestra presencia a pesar de vuestra voluntad de ausencia. Penoso, ¿no creéis? (Silencio). Una tiene el derecho de volver a donde le dé la gana, incluso si fue echada. ¿Quiénes sois vosotros para blandir ese poder moral que no es más que «la unión hace la fuerza» de un rebañismo aborregado?

he vuelto, y mientras me quede un suspiro de mi séptima vida, me oiréis. Esta vez no callaré. Si no queréis darme la bienvenida, allá vosotros, tengo los bigotes demasiado quebrados como para ir detrás de nadie. He vuelto y he traído conmigo la luna llena.


ronronea: grizabella

jueves, 28 de noviembre de 2013

segundo acto



el gélido invierno había despertado cubriendo de nieve la ciudad. Observaba indiferente la tormenta que caía en el exterior. De fondo se oía un viejo reloj marcando el paso del tiempo tic tac a ese ritmo iba su pensamiento: recordaba su tibia piel, el aroma bajo la seda de aquel vestido, sus senos turgentes, el ansia por besarla por poseerla. Su amor romántico será la última ilusión del viejo orden.

mientras tanto, Anna se encontraba junto al hogar observando como jugaba su hijo con un tren. Hacía días que no podía conciliar el sueño. Le venían imágenes de lo sucedido aquella noche. Como había sucumbido a la pasión y al deseo. Su baile había provocado habladurías, hasta el punto de llegar a oídos de su marido. Por lo que le advirtió sobre su comportamiento «poco adecuado», añadiendo que sería un pecado ayudar a destruirla.

caminaba despacio, las calles de San Petersburgo estaban vacías a esas horas como consecuencia de la tormenta de nieve. Se dirigía hacia la estación de tren donde se vieron por primera vez.

en su cabeza resonaba las palabras de su madre y amistades, que consideraban su amor un pecado contra el sagrado sacramento del matrimonio, y que había muchas mujeres más bellas y de más posición que aquélla que le quitaba el sueño.

la encontró de espaldas, cubierta por un bonito abrigo de piel y un sombrero a juego con sus brillantes ojos. Se besaron mientras un viejo tren pasaba a su lado ruidosamente. En ese momento Anna grita: «¡Basta, ésto debe acabar!» Sonríe a medias mientras le coge de las manos y con un susurro le dice: «No puede haber paz para nosotros, sólo sufrimiento o la mayor felicidad.»


primer acto: los tiempos blancos

ronronea: atis

jueves, 21 de noviembre de 2013

el diario de Grizabella



no sé muy bien por qué empecé a escribir un diario. Son esas cosas que haces de joven con la ilusión de la vida pegada a las yemas de los dedos, y al corazón, por supuesto. Son esas cosas que inicias, pero que nunca acabas, que abandonas con unas siete páginas escritas porque la vida, regida por el tiempo puede más que las ganas de contarla. Pero conmigo, no ha sucedido así.

empecé un diario cuando me marché del callejón y sigo en ello. Gracias a él, es así de crudo afirmarlo, sigo viva. Siempre lo había guardado muy en secreto, por esas inseguridades que tienes al pensar que alguien se puede reír de tus pensamientos, tus decisiones, tu forma de afrontar la vida. Pero un día lo vi claro: ¿quién no tiene un trozo de mi historia en su vida?

he vuelto al callejón y la reacción de los Jélica ha sido peor de lo que me esperaba. Imaginaba compasión, no me da vergüenza decirlo y me he encontrado desprecio. La vida me ha hecho fuerte para soportar esto y mucho más, así que he tomado la decisión de publicar mi diario para todas aquellas personas a las que pueda ayudar con mi propia experiencia. A las que no, lo siento. Soy una simple gata sin estudios, aunque ya con seis de mis siete vidas concluidas.


ronronea: grizabella

viernes, 27 de septiembre de 2013

los tiempos blancos




hace días había llegado la invitación del baile a la casa de las afueras. Aunque estaba ausente por temas de trabajo, su fiel mayordomo había recogido la carta con el sello real. Había llegado el momento, toda la aristocracia del país estaría esa noche en palacio y quizás a quién buscaba también.

antes de salir había preparado con minuciosidad el uniforme. El sable relucía en su funda, que colgaba del cinto con una bonita cadena de oro que llevaba sus iniciales AT. Llevaba en la pechera cada una de las condecoraciones por actor de honor en tiempos de guerra, aunque qué tiene de honorífico matar a otro hombre. Los botones los había bruñido con cuidado colocando el águila imperial perfectamente vertical en cada uno de los ojales. Un último vistazo a las botas lustradas, antes de enfundarse en los guantes blancos de oficial.

al llegar a palacio, bajó de la calesa y la guardia que custodiaba la entrada le saludó con honores. Algunas jóvenes damas cuchicheaban a su paso. Sonrisas furtivas, algún rubor al cruzarse directamente con su mirada indiferente. Las escalinatas de palacio estaban engalanadas con una gruesa alfombra roja y flores blancas y lirios. La araña del techo rutilaba con gran intensidad, no dejando ningún rincón ensombrecido. Una fuente de hielo invitaba a pasar a una de las estancias donde iba a tener lugar el aperitivo antes del baile.

saludó a un par de compañeros de oficio y comienza una aburrida conversación con un par de miembros del gobierno. Ya nadie en aquella sala recordaba sus orígenes humildes, sino mostraban respeto por quien portaba aquel uniforme con elegancia innata. Los camareros ofrecían los mejores manjares de la gran madre patria: caviar de beluga, huevas de esturión, tartar de salmón y para regar todo aquello como no champagne, traído de miles de kilómetros para saciar a los distinguidos invitados.

los sirvientes llaman para que vayan pasando al salón donde tendrá lugar el baile. Uno de los ministros ofreció a su hija para el primer baile. Los primeros compases de una mazurca sonaban por parte de la banda de cuerda, viento y piano. Se movía con soltura cuidando de no desmerecer a su pareja. Le sonreía con frialdad para intentar que se sintiera cómoda, aunque sus ojos buscaban a otra persona en la sala. El tema llega a su fin, devuelve a la dama a su padre y mientras se aleja cree distinguir al fondo de la estancia a quién buscaba. Llevaba un vestido rojo burdeos, que realzaba aún más su figura. Su piel blanca acompañada por un pelo ondulado azabache recogido a mechones en la nuca. Dos diamantes engarzados en oro blanco relucían como pendientes y a juego un tercero como colgante reposaba en su escote.

se acerca y se planta ante ella firme y en postura abierta para que ella se coloque entre sus brazos, cual obra de arte en su marco. Ahora suena un vals. Sus pasos son precisos y compenetrados. Le agrada sentir la tibieza de su piel bajo la seda de su vestido. Su espalda desnuda insinúa aquello que oculta la tela. Recorren todo el salón trazando un óvalo perfecto. Las parejas que los acompañan a cada altura de la sala giran la cabeza con curiosidad, envidia o deseo. Nadie que indiferente a su paso. Ella le sonríe se siente feliz y además la acompaña una sensación que hasta el momento desconocía, aunque estaba casada, y eso le confundía aún más. Cómo podía provocar esa sensación aquel personaje desconocido que había visto un par de veces. El vals declina sus últimas notas, cuando ella intenta decirle algo. En ese momento hace un quiebro, para en seco y la sostiene por las caderas. le mira sorprendida y algo contrariada. Aunque en ese momento se quita el guante de la mano derecha le acaricia la mejilla y le susurra al oído: «hay tantos amores como corazones.»


ronronea: atis

sábado, 29 de junio de 2013

las historias del abad UTLA de Wurzburgo




el célebre monje era benedictino. Se decía que era modesto, muy tímido, que llevaba una gran barba blanca bajo la capucha. Nació cerca de Tréveris, en Tritenheim. A los veintidós años eligió el sayal de San Benito, y en 1483 gobernó el convento de Sponheim como abad. Su gusto indisimulado por las ciencias ocultas, enseñadas por Pico della Mirandola, Alberto Magno, Bernardo el Trevisano, Arnaldo de Villanova, por los maestros que se adherían a los dogmas de Hermes Trismegisto, y más tarde sus experimentos de alquimia según los preceptos de Basilio Valentín, despertaron el asombro de sus contemporáneos. Incluso enseñó a los monjes las artes, los incitó a escribir, a copiar sobre pergamino. Constituyó una biblioteca de dos mil manuscritos. Llegaban gentes de lejos a ver la colección. Los visitantes procedían de toda Alemania, de Francia y de Italia. Muy extendida la noticia de sus maravillosas dotes en astrología y magia, el monje recibía a diario innumerables cartas selladas, repletas de demandas.

UTLA contaba muchas historias que cautivaban a los jóvenes (y no tan jóvenes), especialmente la del trovador demasiado bonito, de 1284, del país de Brunswick llamado Todo Color, que tocaba tan bien la flauta que más de treinta y seis niños le siguieron encantados. Los llevó fuera de la ciudad, al mismo lugar donde se entierran los huesos de los muertos, llamado Bajo-Koppen, en el camino de Septentrión, y allí murieron los niños. Fue imposible volver a encontrar ni uno solo de ellos.

contaba también que un duende llamado Hudekin causaba estragos en la diócesis de Hildesheim, en Sajonia. Se le atribuían hechos maravillosos: ora se le veía vestido de campesino y gozando en charla con los hombres, ora se dejaba oír sin mostrarse. Anunciaba a los señores lo que iba a ocurrirles, les prestaba servicios, intervenía en sus cosas. Se escondía en la cocina del obispo donde ayudaba a la cocinera. Habiéndole injuriado un mozo de cocina, Hudekin asfixió a su enemigo cuando estaba durmiendo, lo cortó en pedazos y lo hizo cocer al fuego. Luego atormentó a los cocineros que se habían negado a castigar al chico.

contaba la historia de la nariz de oro del emperador Carlomagno. Un día, el emperador Odón III fue a visitar la tumba de Carlomagno, su ilustre antecesor de la barba florida, enterrado en un suntuoso panteón de Aquisgrán. Acompañado por dos obispos, Odón penetró en el fúnebre subterráneo. Encontró el cuerpo sentado, como si estuviese vivo. Sobre la cabeza reposaba la corona de oro; en la mano, el cetro imperial. El cuerpo no estaba descompuesto, excepto la nariz, que Odón hizo reemplazar por una nariz de oro. A título de recuerdo y de reliquia, cogió un diente y se retiró. A la noche siguiente se le apareció el emperador Carlomagno con su nariz de oro, reclamó su diente y le anunció su próxima muerte.

más historias del abad: un tranquilo lugar de aquiescencia

ronronea: big cat

jueves, 10 de enero de 2013

por el viejo Madrid




Recordaba una noche toledana pasada por estoques, pólvora, fogonazos y estertores de agonía. El suelo apestaba a sangre y tripas esparcidas y más de un fulano retorciéndose en el suelo sin tiempo a rezar un avemaría antes de morir asfixiado por su propia sangre. Donde el importe de la bolsa a ganar era inferior al de la perra vida. Aunque en aquel patio también se mezclaba la suya. Un movimiento algo menos preciso, un coleto que no protegió lo que debía, un golpe de suerte para su contrario, por alguno de aquellos motivos o quizás por todos había notado una punzada y luego el calor de ese líquido rojo que afloraba de su camisa. Consiguió deshacerse de su enemigo y se alejó entre las sombras del lugar, sabiéndose mal herido y dejando a sus compañeros a su suerte en aquella encerrona, que alguno por diversión había organizado para saldar alguna cuenta que los peones que vivirían o morirían aquella noche nunca sospecharían.

Sentía que las fuerzas le fallaban, la herida quemaba y no dejaba de escupir sangre, además sus movimientos aún eran más torpes porque andaba cojo, ya que en las últimas estocadas antes de deshacerse de su oponente éste último había vuelto a hacer diana y había rasgado la piel en alguna parte de su muslo derecho. Le faltaba el aire y su piel estaba perlada por sudor frío. Su visión era borrosa y no sabía cuanto tiempo estaría consciente.

Siempre pensó que moriría en tierra hereje, a las órdenes del rey, formando parte de algún viejo tercio, abatidos uno a uno, sobre el fango por bárbaros holandeses, sin antes haber mandado a más de media docena de herejes por español al otro barrio. Pero se encontraba en un catre maloliente de alguna pensión de Madrid donde quizás nadie recordara su existencia. En parte bueno por aquél que lo había llevado a ese estado, ya que quizás pensara que estaba muerto igual que la sensación que le embargaba. Tenía una herida profunda en el pecho que le dolía al respirar, cortes por todo el cuerpo y un tajo en la cara interna del muslo algo más profundo. Intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió. Las vendas aunque sucias estaban puestas con esmero. Las levantó para ver el estado de la herida y vio que estaba cosida y no parecía infectada. Dibujó una sonrisa amarga, quizás de aquello no moriría.

Quien lo había dejado allí, colocó una jarra de agua y una hogaza de pan sobre una mesilla desvencijada. No quería que pasara hambre si despertaba, pero no podía llegar hasta allí por lo que esperaría en duermevela que llegara. No sabría decir cuanto tiempo había pasado hasta que se abrió la puerta. La sorpresa fue grata cuando comprobó que era su habitual posadera. Portaba en las manos una cesta con sábanas, vendas limpias y algo de comida.

Mientras ella con una sonrisa en los labios le daba cucharadas de sopa, observaba aquellos penetrantes ojos que tanto expresaban aunque sus labios permanecieran sellados, sus senos turgentes, que desprendía esa calidez de hembra dispuesta, deseaba poseerla como tantas otras veces aunque esta vez no se pudiera ni mantener en pie. No necesitaba vino para someterla, hembra esbelta y arrogante donde las haya. Ansiaba sentir su sexo desnudo próximo a su cuerpo, su calor, su humedad… pero un golpe de tos interrumpió su pensamiento y volvió a la realidad con ese dolor punzante oprimiendo su pulmón. Al acabar de toser se sentía extenuado y se volvió a recostar en el catre. Ella comenzó a retirarle las vendas con delicadeza, luego los pantalones. Lo miraba divertida mientras le pasaba la esponja sobre la piel. Él se sentía algo avergonzado, nunca lo había visto en aquel estado tan precario. Cuando llegó a su miembro lo lavó con gran delicadeza, el mantenía los ojos cerrados mientras se dejaba hacer, pero empezó a sentir una sensación reconocible. Dejó la esponja de lado mientras le acariciaba con suavidad y comenzaba a besar y lamer. Su cuerpo reaccionaba poco a poco, poniendo erecto su miembro. Intentó incorporarse, pero ella con un suave gesto lo volvió a tumbar. Seguía jugando con su boca y sus manos, mientras se deshacía del vestido que cubría su cuerpo. Se dispuso a montarlo con suavidad, como quien lo hace con un jamelgo viejo y cansado, pero acostumbrada a su comportamiento. Sus pechos se movían al compás de sus caderas, su piel se perlaba por el esfuerzo, mientras incrementaba el ritmo. Sentía el calor y la humedad del sexo en su interior, su respiración se entrecortaba, mientras la amazona tomaba el placer que deseaba. No pudo contener un gemido de placer al llegar al orgasmo. Sintió como ella se derramaba sobre su piel. Al acabar, lo observó satisfecha. Terminó el aseo, se volvió a vestir y con un beso en los labios se despidió hasta dentro de unas horas.


ronronea: atis

jueves, 26 de abril de 2012

el reencuentro



Hacía frío, llevaba más de cuarenta y ocho horas lloviendo sin parar. La humedad crecía como hongos en la piedra del viejo Madrid. Se dirigía entre las sombras de la noche al lugar donde sabía que le iba a encontrar. Llevaba calado su sobrero de ala, un pañuelo para proteger su cabello corto, el jubón menos raído que poseía, una capa algo más pesada para protegerse de la humedad y las botas aún relucientes tras pasar por su buen amigo el limpiabotas que por una copa le hacía el servicio. Aún llevaba la frente perlada por sudor, por el esfuerzo de darle la bendición de acero a un noble desplumado, que intentaba deshonrar a una gatita linda de buena familia, de lengua muy larga, pero de falda aún más corta.

A cada paso sus armas producían un identificable tintineo, su sable aún con restos de sangre daba aviso a cualquier desgraciado que si se cruzaba a su paso le podía dar a probar un palmo de acero y su daga hacer una bonita floritura sobre la piel. Llevaba en la faltriquera un par de doblones de plata y la nota que le había dado uno de sus informadores, que indicaba que había vuelto a la ciudad y había comenzado nuevamente su actividad.

A lo lejos ya se veía la tenue luz de la taberna. Hacía casi un año que no se acercaba por aquel lugar, no sabía como le iba a encontrar o si le reconocería, ya que sus caminos se habían separado. Él había conseguido el reconocimiento de la ciudad como uno de los mejores asesores reales de día y espadachín de noche, y en cambio la oscuridad y el anonimato se habían apoderado del peculiar personaje que seguramente estaba en la mesa más oscura del local. El tiempo les volvía a unir de nuevo.

La taberna, estaba llena de parroquianos con ganas de fiesta y la necesidad de que unas manos expertas los mecieran entre sus senos. Pasó por la barra y pidió la segunda botella más cara de vino, cogió dos copas y se dirigió hacia el fondo del local. Nada más cruzar la puerta, sus miradas se encontraron. Lo observaba con esos ojos felinos aparentemente fríos, pero demasiado profundos para marineros de agua dulce, y con una sonrisa bondadosa y pícara. No le extrañaba verle aparecer por aquel lugar, cosa que nunca le gustó ya que siempre pensó que iba un movimiento de tablero por delante de él, don que anhelaba tener. Temía mucho esa capacidad de clarividencia e intuición, pero sólo se lo iba a dar el paso del tiempo.

Unos metros antes de llegar a la mesa, identificó perfectamente ese aroma a gacela africana tan característico, sin duda le había encontrado. Un par de pasos más y sus miradas se volvieron a encontrar, pero esta vez la intensidad de ambas era capaz de fundir el acero mejor fraguado. Apoyó las dos copas y la botella sobre la mesa e hizo una leve reverencia mientras sus labios pronunciaban: «bienvenida, señora».

ronronea: atis

martes, 26 de julio de 2011

Cap. XII: Relatos Enlazados



En las calles ardían varios coches, mientras los insurgentes se preparaban tras las barricadas para la nueva carga policial. Se escuchaban sirenas de ambulancia, por el suelo trozos de metal retorcido y sangre seca. Jimena, al entrar en la taberna, evita pisar la foto ajada de una pareja aparentemente feliz el día de su boda. Pide una copa de vino, hoy en sus labios sabe más amarga de lo habitual. Se deja caer en la silla observando a contraluz el líquido color burdeos con el que intenta apagar su sed. Observa a los parroquianos y se detiene en alguien que capta su atención por su cuidado traje negro, su cuerpo enjuto y su mirada distante, de unos penetrantes ojos verdes. Lleva un sombrero calado que ensombrece su blanquecino rostro, dándole un aspecto aún más enigmático. Repara en ella, le mantiene la mirada y alza su copa antes de tomar un trago. Sus gestos son controlados y elegantes cual cisne negro en un ritual de seducción. Jimena siente opresión en su pecho y decide acercarce para ejercer su oficio.

Mientras avanza hacia su mesa se siente analizada por aquella mirada que tanto le atrae. La invita a sentarse con un gesto y sonríe. Ella se la devuelve y pide a Carloto una botella de champagne. «Imposible ―piensa―, sólo me pagará por darle placer», pero le seducen aquellos labios y aquel acentro extranjero que acompaña a sus correctas palabras. Jimena se inclina sobre la mesa para que pueda observar sus senos turgentes y provocarle, mientras mordía la cadena de la medallita de su abuela, pero no observa reacción alguna. Se desconcierta, «me he equivocado, no desea follarme».
Así que hace el gesto para levantarse, pero la detiene cogiéndole con fuerza por el brazo. Se incorpora y la besa despacio, su saliva es fresca y dulce. Jimena se siente segura entre aquellos brazos, esa seguridad tas escasa en los tiempos que corren.

Antes de marchar deja sobre la mesa cinco veces más del valor de lo consumido. Carloto al ver el gesto recoge el dinero y corre a abrir la puerta para que salga la extraña pareja. Al cerrarla cuenta los billetes y piensa en los bonitos zapatos que le va a comprar a Gudrun gracias a la generosidad de aquel extraño personaje.

La habitación está prácticamente a oscuras, sólo unas velas dan algo de luz. Jimena observa la estancia, cuidada y elegante. Su acompañante se descubre dejando a la vista su cabello negro, corto y ondulado. Sobre el escritorio de nogal deja una pistola y un puñal que saca de la caña de una de sus botas. Acto seguido se dirige a ella, acaricia su cara y comienza a besarla con sus labios cálidos y suaves. Su piel se eriza y siente leves contracciones al contacto de aquellos dedos. Jimena intenta mantener la cordura, es una puta, pero no está acostumbrada a tanto cariño. Le desabrocha la camisa y acaricia su pecho con suavidad. Observa aquel cuerpo andrógino y musculado que la agarra con firmeza.

Poco a poco le hace retroceder hacia la cama, mientras le desabrocha el corsé, el vestido, dejando un rastro de ropa por toda la habitación. Siente su cuerpo sobre el de ella. Besa su cuello con ansiedad, sus pechos turgentes e inflamados, su vientre y llega allí donde una puta da, no entrega, pero sí recibe. Acaricia su sexo, lo besa, lo lame, lo presiona al compás de sus espasmos. Se abre paso hacia su interior, dilatando la entrada, bebiendo su flujo. Jimena se siente embargada por sensaciones desconocidas. Clava con fuerza sus dedos al colchón cada vez que pasa por su cuerpo una hondanada de placer. Siente la necesidad de entregarse, de sucumbir al delirio de quien desea amarla. Penetra en su interior con facilidad, Jimena ahoga un gemido. La besa mientras el ritmo se incrementa. Le embiste con fuerza, golpeando sus entrañas. Jadea de placer hasta sentir que se derrama y cae en un estado de somnolencia. La cubre con su cuerpo, mientras le sigue besando.

Fuera en la calle, se oye una explosión, comienzan a sonar sirenas de la policía, un coche oficial ha volado por los aires. En la habitación son ajenos a lo que sucede en el exterior. Se levanta y la observa desmadejada en la cama. Se viste lentamente, sin dejar de mirar aquellos ojos que le seguían por la sala. Se cala el sombrero y sonríe. «Buenas noches, señora» y marcha.

ronronea: atis


y hasta aquí un nuevo capítulo de los Relatos Enlazados, que llevan publicándose desde ya hace más de un mes a través de distintos bloggers. El capítulo anterior viene de La tienda de Lope, y el siguiente le corresponde a Maeglin, el próximo viernes 29 de julio.

LA LISTA COMPLETA:
Cap. I: El Tablón de JLin
Cap. II: Las Puertas de Gondolin
Cap. III: close2u, el viaje de raindrop
Cap. IV: Blog A La taberna de Montse
Cap. V: Crónicas desde el auto
Cap. VI: Sybila Layna
Cap. VII: borgo
Cap. VIII: El blog del Tirador Solitario
Cap. IX: La risa de las ratas
Cap. X: A Pink Kink in your Think
Cap. XI: La tienda de Lope
Cap. XII: Las gatas madrileñas
Cap. XIII: Patio de los Senescales
Cap. XIV: La guarida del eremita
Cap. XV: Chez Morera

domingo, 22 de noviembre de 2009

Callejeras



rebuscaba entre la basura algo para la cena, en uno de los callejones de los barrios altos de la ciudad. Había descubierto dos raspas de pescado, cuando se proyectó una sombra sobre el asfalto.

busqué cual era el objeto que producía aquella lánguida imagen. Una gata de blanco y ciudado pelaje, vagaba sobre el tejado de una casa que parecía ser la suya, hasta llegar al extremo, donde se sentó taciturna a contemplar una luna en su primera fase de crecimiento.

qué bella era aquella imagen para mi retina de gata callejera: pose perfecta y sensual a contraluz, donde su carnoso hocico hacía olvidar el hambre que apretaba mi estómago para transformarlo en el deseo de beber de aquella boca su cálido contenido, adentrarme en el espesor de su pelo hasta su sonrosado pecho, buscar a tientas sus partes más delicadas para acariciarla, mientras la recuesto sobre aquel húmedo tejado y me abro paso más allá de su vientre y su ombligo, notando su calor y su fuerza bajo mi cuerpo. Lucha de fieras donde la posesión y la sumisión se unen a la entrada de su sexo, para llegar a ese lugar recóndito donde mana su esencia.

una voz entrecortada me pide que la posea, pero yo sólo tengo dos raspas de pescado que ofrecerle.

ronronea:
atis, Its raining cats and dogs!

sábado, 31 de octubre de 2009

noche



noche oscura teñida de negro, entre piedras de antaño manchadas de sangre. A media noche se cree oír susurros y palabras de otro tiempo. Donde el principio y el final se difumina, se esparce y se pierde entre dos cuerpos entrelazados, que buscan su redención. El calor de sus almas se convierte en sudor, agrio, penetrante, prácticamente irrespirable.

no existe tabú, ni palabras prohibidas, su piel arde en el purgatorio, cada vez que se unen bajo un ritual de sangre, sexo y placer. Busca su boca, oprime sus pechos, separa sus piernas para caer en la lujuria, busca su sexo con gula y exceso para saciar su hambre desmesurada. Oprime sus entrañas para hacerla gemir, gritar, hasta llegar a las puertas de la locura, donde todo acaba y la palidez de su piel vuelve a ocupar su extenuado rostro.

tras la hoguera, te espero en el infierno.

ronronea:
atis

domingo, 28 de diciembre de 2008

trinar en soledad



Su vida es una de las más cómodas que puede tener algún ser de su especie. Vive en una gran casa de más de tres pisos, donde el soberano sol lo despierta cada mañana y él lo saludo con uno de sus mejores gorgoritos. Tiene todo el alimento que pueda desear y más del que pudiera comer, verdura, cereales, agua fresca mineral proveniente de alguna montaña lejana que nunca conocerá.

Aunque a veces su alegre espíritu se contrae y entristece al recordar la historia de sus antepasados, que volaban libres entre los pinares de una isla ahora lejana. Se alimentaban de semillas de plantas exóticas cargadas de dulce néctar. Su canto se podía escuchar a varios kilómetros de distancia. Su color era camaleónico, ya que el alegre verde limón de su plumaje no se podía distinguir entre las frondosas coníferas. Pero ante todo eran respetados por los humanos, quienes consideraban que al morir sus almas ocupaban esos pequeños cuerpecitos de sesenta gramos para campar libres por el cielo. Aunque los vientos trajeron a otros seres de miserable codicia que fueron matando a aquellos que durante años habían cuidado de la madre tierra. A su vez capturando a sus emplumados congéneres y talando los árboles que le servían de hogar.

De ser un ave libre pasó a entretenimiento de cortesanos por su melódico canto y cuidado plumaje. Los bautizaron como canarios en honor a la isla de donde provenían y se convirtió en un símbolo de distinción poseer a una de estas pequeñas criaturas cantarinas.

Su mente vuelve al presente, para contemplar los fríos barrotes de su cautiverio, allá a lo lejos entre árboles de hormigón puede vislumbrar un rectángulo que parece ser el mar. Un mar lejano al de sus orígenes. Comienza nuevamente su canto aunque esta vez algo más melancólico en homenaje a esa tierra y ese océano que nunca conocerá.

ronronea:
atis

domingo, 2 de noviembre de 2008

a las puertas del infierno



Todo comenzó con una mirada. Tras observar en la profundidad de su retina, entre los destellos de una noche, pudo entrever su ansia y deseo. Las horas dieron paso a un encuentro carnal, donde sus ropas se esparcían por la estancia, mientras sonaba de fondo Edith Piaf. Dos almas sucumben a una danza diabólica donde se consumen sus cuerpos en fuego eterno. Hielo contra llama, azul frente a rojo, dejando brasas a su alrededor imposibles de apagar. Sus cuerpos se unen al compás de fuertes embestidas, hasta llegar a su esencia donde todo tiene su inicio y fin. Contiene un gemido en su garganta, mientras su piel permanece erecta al contacto con los hábiles dedos que la poseen.

Espasmos contraen su cuerpo mientras cae de manera progresiva en un duermevela que la trasladará a la mañana siguiente. Su cuerpo pedía más, su interior estaba vacío, quería entregarse a las puertas del infierno una vez más. A su lado aquellos enigmáticos ojos la observaban, mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.

Al despertar habían pasado varios horas, al mirar a su alrededor no sintió su presencia, había marchado, dejando una nota con un nombre junto a las sábanas. Buscó su olor en la cama, en su piel, en su interior, en todo aquello que había tocado y poseído a su vez. El poema olvido es recitado por sus labios cada vez que recuerda esa piel.

ronronea:
atis

jueves, 25 de septiembre de 2008

ya..



..huele a otoño, cuando aún la mañana está despertando, se puede vislumbrar la perezosa niebla que acaricia las suaves curvas de la tierra. La humedad deposita pequeñas gotas sobra las hojas que brillan al proyectarse el sol sobre ellas. Parece surgir vida hasta del último rincón visible, buscando y orientando sus frágiles tallos hacia la claridad.

Los días van cediéndole minutos a la oscura noche, cubriendo con su manto grisáceo todo aquello que la rodea. El verde se doblega ante una gama de amarillos y marrones, para luego dar paso a la desnudez, donde no queda nada que ocultar.

El calor se va evaporando, quedando bajo tierra donde la vida aún late y se aletarga para seguir existiendo. Comienza la paciente espera bajo los brazos de morfeo.

ronronea:
atis

miércoles, 25 de junio de 2008

entrega


una habitación carmesí en el ático de un edificio de alguna sórdida ciudad. En su interior huele a cuero, sudor y sexo. Una mezcla embriagadora casi irrespirable a cualquier ser ajeno a esa escena. La estancia se encuentra iluminada con tenue luz y algunas velas. Tras las cuales aparecen sombras siguiendo un rito carnal milenario. Tan solo se escucha el agitado resuello detrás de una elaborada máscara veneciana roto en ocasiones por un ahogado gemido.

En el extremo opuesto, se vislumbran fríos ojos que observan atentamente a esa criatura que tiene bajo su cuidado. Indefensa, temerosa, frágil. A expensas de su voluntad y benevolencia. Se escucha el eco de sus pasos en la noche mientras se aproxima a la cama donde yace ese cuerpo que alimenta su deseo. Recorre con minucioso cuidado la piel de aquella que la espera, más allá del tiempo o los elementos. Acaricia los senos hasta poner erecto sus pezones, rodea su ombligo dibujando figuras geométricas alrededor de su abdomen hasta llegar a sus labios que entreabiertos esperan que se introduzcan hábiles dedos en la humedad de su intimidad.

El silencio es roto por el cuero al traspasar el aire y parar en una sonrosada piel, que permanece tensa a la espera de una nueva caricia del compasivo látigo que dominan las ágiles manos de su ama.

Una ceremonia de posesión, donde el límite es palpar el interior de sus entrañas, sintiendo el latido de la sangre a un ritmo endiablado donde la muerte y la vida se dan la mano. Para luego renacer de las cenizas de su ser.

ronronea:
atis

domingo, 7 de octubre de 2007

luces y sombras



Observando su silueta a contraluz, mientras va quedando libre de las prendas que cubrían su ser. La habitación se encuentra iluminada sólo por la tenue luz de una luna que se haya en cuarto creciente. De fondo el sonido del mar contra las rocas.

Acercarse desde atrás lentamente hacia ella, paladeando cada gota de su delicado perfume. Abarcándola entre tus brazos hasta abrazarla por completo. Uniendo su suave torso a tu pecho.

Sentir cómo fluye la vida por sus venas, cómo se estremece bajo tus manos, cómo aumenta su respiración, cómo se inflama su corazón con sólo una mirada.

Mientras acaricias su cuello, su espalda, sus muslos, hasta llegar a su dulce intimidad, donde saciar tu sed de deseo prohibido. Desnudar su alma con tus dedos hasta conseguir que su cuerpo vierta su esencia sobre tí. Para luego zozobrar como barco a la deriva por tu piel a la espera de un nuevo despertar.


ronronea: atis

domingo, 16 de septiembre de 2007

proximidad



miradas furtivas bajo una tenue luz, que se buscan, para luego perderse en alguna parte de la sala y reencontrarse en otro lugar. Donde el hielo y el fuego se funden al compás de una melodía, que parece no acabar.

Se alterna la distancia con el acercamiento. Donde saboreas la tibieza de un cuerpo que desea ser cautivado. Junto a su discreto aroma, que se hace más intenso en zonas como su cuello, sus muñecas, su pecho.

Observas sus labios entreabiertos que ofrecen una delicada sonrisa y te anuncian la entrada a un mundo de sabores, cálido y confortable. A la espera de que alguien ose traspasar el umbral de sus límites.

Correspondes a su gesto, rozando sutilmente su cadera. Sintiendo como se estremece durante unos instantes donde queda patente su indefensión. La acoges entre tus brazos para guiar sus movimientos con precisión.

Cada paso va acompañado de erotismo, algunos por insinuación, en otros por el deseo, a veces por la pasión, pero siempre la seducción que va impresa en su piel, en la tuya.

Recorres su silueta con las manos, quemando toda superficie bajo tus dedos. Viendo como busca protección en el abrigo de tu cuerpo. Donde tú eres el marco y ella un cuadro que harás lucir entre los demás como la obra más preciada.

La danza es la expresión vertical de un sentimiento horizontal, aquel que es capaz de unirnos, desdibujando toda diferencia. En él, meces su cuerpo, con suavidad y fortaleza. Percibiendo el poder que ejerces sobre su persona al sentirla tuya.

Sepárate para captar como se desgarra mientras agoniza. Acercarla para comprobar como se entrega, zozobra y se rinde a la evidencia. Olvidando toda voluntad que no sea la tuya. Hasta quedar sin fuerzas y caer exhausta a tus pies.

Con esta nota finaliza la danza, como una cajita de música esperando que la vuelvan a abrir.

Atis Tirma


ronronea: atis