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miércoles, 12 de junio de 2013

el regreso de La Pinta




tres carabelas partieron de España en busca de las Indias, pero sólo regresaron dos de aquel primer viaje. El 1 de marzo de 1493 La Pinta llegaba al puerto de Bayona, en Pontevedra, comandada por Martín Alonso Pinzón, muy contento porque había conseguido tocar tierra antes que Colón, que iba en La Niña y que atracó días más tarde en Lisboa. Como Pinzón y Colón ya habían tenido más de una bronca en América, venían de morros. De hecho, Martín Alonso intentó comunicar a los Reyes Católicos el descubrimiento, pero como eran muy protocolarios, no le dejaron. El único que podía dar parte era el almirante.

La Pinta llegó a Galicia con sus bodegas hasta los topes. Y por supuesto con oro. Pero, además, por primera vez vimos el maíz, aunque no le hicimos mucho caso, porque se comenzó a cultivar sólo para dárselo al ganado. La Pinta traía también maní, cacahuetes, que tampoco nos debió de gustar mucho por aquel entonces, porque sólo se les echaba a los cerdos. Llegaron además la guindilla, la batata y la planta de algodón, aunque era muy parecida a la que ya habían introducido los árabes en España siglos antes. Y animales, también trajeron animales exóticos, pero pocos porque se mareaban. De los pocos que trajo La Pinta sólo se salvaron de la travesía unos cuantos papagayos.

pero La Pinta trajo otra cosa sin saber que la traía: la sífilis, consecuencia del despiporre que los marineros tuvieron con las indígenas. Toda Europa echó la culpa a los españoles por haber introducido la sífilis, y Martín Alonso Pinzón, el capitán de La Pinta, pasó a la historia como la primera víctima mortal y oficial de la enfermedad. Murió sólo días después de su regreso a España, en el monasterio de La Rábida, en Palos (Huelva), su tierra. Colón seguía tan enfadado con él que ni siquiera fue a verle. Pinzón no tuvo tiempo de contar su versión del descubrimiento. Por ligón.


(Nieves Concostrina, Menudas historias de la historia)


en realidad no está claro el origen de la sífilis, los expertos aún discuten si se importó de América o no. Pero he querido recoger esta cita para introducir un tema de actualidad: consecuencia inevitable de la globalización es el intercambio de enfermedades, algunas muy virulentas. No hace mucho veíamos como las rutas comerciales desde el Extremo Oriente abrieron el camino de la peste negra hacia el continente europeo.

restringir a inmigrantes y en general a las clases más desfavorecidas el acceso a la atención sanitaria no sólo constituye un crimen humanitario, sino también un serio peligro para el conjunto de la población. Mientras lees estas líneas se están extendiendo graves enfermedades que se suponen erradicadas en la península, como la tuberculosis. ¿Es seguro viajar en metro con un número indeterminado de casos de tuberculosis no diagnosticados, y por tanto no controlados?

y Martín Alonso Pinzón, más que un ligón, fue un asqueroso violador.


ronronea: levina

jueves, 29 de noviembre de 2012

ladrones de guante verde (2 de 2)




saltamos al siglo XIX. Las nuevas Repúblicas americanas legislan con dureza para mantener el monopolio: queda terminantemente prohibido exportar plantas ni semillas de la valiosa quina en Perú, Ecuador, Bolivia y Colombia. Sólo se permite exportar la corteza seca, y el precio sube de manera constante.

en 1854,
Clements Robert Markham, un aventurero inglés, propone a la Comisión de Rentas de la Oficina de Indias británica un ambicioso plan para robar el árbol de la quina: cuatro expediciones simultáneas a cuatro regiones diferentes, coordinadas por él mismo. El proyecto fue aprobado y ejecutado. El explorador Pritchett se dirige a los bosques de Huánuco, en el Perú central, a la búsqueda de quina de corteza gris; el ilustre botánico Spruce recolectará quina de corteza roja en los Andes ecuatorianos; Cross, después de apoyar a Spruce, partiría hacia Ecuador en busca de quina de corteza de corona, y después a los Andes colombianos en busca de quina colombiana; y el propio Markham se reservó la tarea más difícil, obtener quina de corteza amarilla (la más valiosa y vigilada) en el Perú meridional.

Markham desembarca junto a su esposa y el joven jardinero Weir en Islay, un desierto pueblecito de la zona sur de Perú. Deposita en el consulado inglés invernáculos en miniatura rellenos ya de tierra. Tras dos días de marcha llegan a Arequipa, donde la mujer queda en casa de unos amigos. Sigue la expedición ascendiendo por un camino de larga senda que sube entre revueltas hacia las estribaciones occidentales de los Andes. Tormentas de nieve y lluvias torrenciales a cinco mil metros de altura. Descienden por un glaciar, avanzan a través de pantanos y rocas y llegan a Puno, cerca del lago Titicaca. Abandonan Puno por la carretera que conduce a Cuzco y se desvían hacia el este con la única ayuda de unas mulas agotadas y famélicas.

a pesar de todo su sigilo, durante un alto nocturno en una choza de pastor despiertan el recelo de otro viajero, don Manuel Martel, un coronel retirado del ejército peruano. Cuando los ingleses llegan al distrito de Carabaya y empiezan a reunir las semillas, la zona ya hervía de rumores extendidos por el desconfiado coronel. Tras cuatro semanas de recolección, el alcalde ordena que los dos ingleses sean detenidos, y sus plantas confiscadas. Se abren paso a punta de pistola, roban mulas en medio de la hostilidad de los campesinos y, a medida que el cerco se estrecha, deciden separarse para aumentar sus posibilidades de éxito: Weir se dirige con un cargamento de plantas inofensivas (presuntamente recogidas como botánico aficionado) hacia Puno, donde le espera una comisión encabezada por don Manuel, mientras que Markham huye a escondidas hacia Arequipa con la quina. El descabellado plan funciona, y finalmente logran sacar la quina amarilla del país.

pocos años después otro explorador británico,
Charles Ledger, logrará también robar semillas de quina. Hacia 1865 las ofrece al Gobierno inglés, que no está interesado porque ya tiene las de Markham, así que las vende al Gobierno holandés. Los holandeses compran medio kilo y con tan escasa cantidad ponen la base de las inmensas plantaciones de quina que pueblan hoy la llanura de Pengalengan en Java, y otras islas de Indonesia. Roto el monopolio por fin los precios bajan, para beneficio de muchos enfermos de paludismo.

quisiera añadir que el desenlace de esta historia me pareció tremendamente irónico. Al final, la quinina no llegó al pueblo gracias a ninguna idea reformista ni revolución política o social, sino por la pura dinámica del mercado, y por la codicia de sus actores

el resto de la historia:
los polvos de la condesa
ladrones de guante verde (1 de 2)

ronronea: claudia

miércoles, 28 de noviembre de 2012

ladrones de guante verde (1 de 2)



avanzamos hasta el siglo XVIII. El Imperio español, a pesar de encontrarse en plena decadencia, mantiene el lucrativo monopolio del árbol de la quina. Hacia 1735 llegan a la ciudad de Quito cuatro franceses, enviados por la Academia francesa para medir un grado de meridiano en el ecuador terrestre y poder determinar así la circunferencia de la Tierra. Antes de poder medir nada los científicos disputan entre sí y uno de ellos, el geógrafo Charles de La Condamine, se separa ofendido del grupo. Viaja hacia el sur a lo largo de Los Andes, realizando observaciones científicas, recorre los bosques de Loja ―cuna de los primeros árboles de quina descubiertos por los europeos― y visita las plantaciones guiado por un comerciante local, familiarizándose con los aspectos financieros del negocio de la quina, que despierta su codicia. Como miembro de la Academia ha visto a sus colegas botánicos cultivar con éxito especies tropicales en Francia, ¿por qué no intentarlo con la quina?

con la ayuda de su anfitrión recoge decenas de semillas, las planta en cajones rellenos de buena tierra y emprende el regreso a París. Atraviesa montañas, llega al Amazonas y realiza un azaroso viaje río abajo, hacia el Atlántico. Durante semanas y semanas el grupo formado por La Condamine y sus indios desafió los pantanos y las selvas, salvó rápidos y bordeó penosamente cascadas, esquivando tribus hostiles y animales peligrosos, navegando miles de kilómetros sin ningún incidente grave. Cuando ya estaban casi a la vista de la nave que debía llevarles a Europa, la canoa en la que viajaban fue barrida por una ola y zozobró. La preciosa carga, que hasta el momento había superado todos los avatares, se perdió en su totalidad, salvándose el geógrafo por los pelos de ser devorado por las pirañas.



mientras tanto en Ecuador los colegas de La Condamine han finalizado los estudios que les llevaran a aquella región. Uno de ellos, Joseph de Jussieu, miembro de una ilustre dinastía de botánicos franceses, decide darse una vuelta por el virreinato de Perú antes de abandonar el continente. La vuelta duró treinta años, al cabo de los cuales, para asegurarse una vejez de dicha y plata, tiene la misma idea que La Condamine, llevarse la quina para cultivarla en Francia. Jussieu, más espabilado, selecciona las mejores semillas y las guarda en una cajita con fuerte cerradura. Durante el viaje de regreso no le quita ojo, custodiándola como si contuviera grandes riquezas (como de hecho así era). Tan excesivo fue su cuidado que ya en Buenos Aires, a punto de embarcar en la nave que le llevaría a Europa, un criado nota el celo de Jussieu, roba la caja y, al comprobar despechado que tan solo contiene semillas, las arroja al mar. De este modo el viejo botánico llegó a París sin las semillas, medio enloquecido por la pérdida, y la leyenda de que la quina está embrujada empieza a cobrar cuerpo.



pero los franceses no eran los únicos interesados en el árbol de la quina. Los holandeses, que poseían extensos dominios coloniales en la actual Indonesia, pensaron con buen criterio que el clima de Java era muy similar al peruano, con lo cual cultivar allí la quina no presentaría mayores problemas. Pero claro, faltaba lo más importante, el árbol, de modo que Justus Hasskarl, un distinguido botánico, fue enviado al Perú para robarlo. El holandés adoptó un nombre falso, José Carlos Mueller, haciéndose pasar por un inofensivo viajero que recorría Los Andes. Sobornó todo lo sobornable, convenció a los nativos para que recogieran semillas para él, y ya cerca de la frontera boliviana, mantuvo reuniones secretas donde semillas y bolsas de oro pasaron de mano en mano. Al cabo de dos años, Hasskarl estaba de regreso en las Indias Holandesas con algunos cientos de semillas.

el Gobierno holandés quedó profundamente agradecido al valiente explorador, nombrándole jefe de las nuevas plantaciones de quina en Java. Mientras esperaban que las semillas germinasen y creciesen los árboles, Holanda concedió a Hasskarl la Orden de Caballero del León de los Países Bajos y la Comandancia de la Orden de la Corona del Roble. Las semillas se convirtieron en florecientes arbustos que formaron vastas plantaciones y sólo entonces se hizo evidente un detalle: la corteza de los árboles javaneses no contenía quinina, y por lo tanto no servía para nada. La explicación es sencilla. Existen tres variedades básicas de quina, la roja, la gris y la amarilla, de las cuales únicamente la última contiene quinina suficiente para resultar de utilidad en el tratamiento contra el paludismo. Y las semillas que había traído Hasskarl no eran de quina amarilla. Donde se escondió el desdichado después de tan tremendo fiasco no se sabe.


el resto de la historia:
los polvos de la condesa
ladrones de guante verde (2 de 2)

ronronea: claudia

lunes, 26 de noviembre de 2012

los polvos de la condesa



corre el año 1628. El rey Felipe IV de España nombra virrey de la entonces provincia del Perú a don Luis Jerónimo Fernández Cabrera Bobadilla y Mendoza, conde de Chinchón. Se trataba de un puesto importante, pues en dicha provincia se ubicaban las famosas minas de Potosí, una de las principales fuentes de riqueza de la Corona española. Lo que don Luis no sabía es que, además de plata, Perú proporcionaría otra riqueza inconmensurable, el árbol de la quina, de tal impacto económico en la época que hasta hoy aparece representado en el escudo de la actual República peruana.

tras casarse, el conde de Chinchón y su flamante esposa, doña Francisca de Rivera y Enríquez, se hicieron a la mar, y después de una larga travesía desembarcaron solemnemente en Lima. Al cabo de un tiempo la condesa enfermó, aquejada de escalofríos y fiebres intensas. El anciano médico de cabecera, don Juan de la Vega, dictaminó fiebres tercianas, es decir, malaria. Las friegas y tratamientos al uso no hicieron efecto, tampoco las rogativas que mandó decir el señor conde, doña Francisca languidecía a ojos vista. Un buen día entró corriendo un muchacho indígena con un paquetito y una nota del magistrado de Loja (en el actual Ecuador). En ella el magistrado informaba al virrey que lo que le enviaba era corteza del árbol quinaquina. En su región dicha corteza pulverizada tenía fama de curar las fiebres y él mismo lo había experimentado tiempo atrás. Concluía que su sabor amargo se podía esconder con vino fuerte y que esperaba curara a la señora virreina. El conde llamó a consulta a De la Vega. El médico, con prudente criterio, afirmó que desconocía el producto, pero opinaba que el saber popular era a veces el más acertado y que poco tenía que perder, ya que la señora condesa se encontraba a las puertas de la muerte. Entonces don Luis administró la medicina a su esposa bajo su propia responsabilidad, y doña Francisca se repuso de las fiebres.

asustada por la experiencia, la condesa embarcó hacia la península con un cargamento de corteza de quina a bordo. Por desgracia la condesa falleció en el camino. A pesar de tan amargo incidente el cargamento llegó finalmente a Sevilla, donde se vendió más caro que el oro, pues por aquel entonces la malaria azotaba de forma endémica toda Europa. Lo mismo ocurrió con cargamentos sucesivos. La quina daba tanto provecho económico como la plata, pero era más fácil de recoger; simplemente había que descortezar unos árboles que crecían solos. El primer nombre que recibió fue el muy sugerente de «polvos de la condesa». A causa de los distribuidores también fue conocido con el aún más equívoco nombre de «polvos de los jesuitas». De Sevilla, gracias a la Compañía de Jesús, se extendió por toda la península, Italia, Francia, Países Bajos.. salvó al joven rey Luis XIV de Francia, a los oficiales del papa, a los nobles de Londres, aunque eso sí, cada uno de estos tratamientos costó su peso en oro.


el resto de la historia:
ladrones de guante verde (1 de 2)
ladrones de guante verde (2 de 2)

ronronea: claudia

viernes, 2 de noviembre de 2012

historias de médicos



(para todxs lxs amigxs del blog que se dedican a la Medicina, con agradecimiento)

Luther Emmelt Holt, el famoso especialista estadounidenses en enfermedades de la infancia, solía recomendar un tratamiento sentimental a los pacientes que no ganaban peso durante el periodo de lactancia. Cuando en el curso de su inspección encontraba algún bebé falto de peso, llamaba a la enfermera y recetaba gravemente:
―Administre a este niño una buena ración de caricias cada tres horas.

durante sus clases en la Universidad, D. Santiago Ramón y Cajal tenía la costumbre de repetir ciertas frases y palabras. Por ejemplo, hacía un gran uso y abuso de la palabra «etcétera» en sus lecciones, costumbre que los alumnos aprovechaban para jugar a pares y a nones. Sabedor de ello, el ilustre hombre de ciencia decidió un día no pronunciar esta palabra ante el asombro de sus oyentes. Sin embargo, al dar remate a su lección diaria, dijo:
―Y para concluir la clase, etcétera, etcétera, etcétera.. ¡Hoy ganan los nones!

al morir el ilustre médico Boerhaave, se halló entre sus efectos un libro que fue subastado y comprado por una crecida suma, porque se aseguraba que en él se encerraban los fundamentos de la Medicina y los secretos de la curación de todos los males. El que lo compró, que era un colega del difunto, una vez lo tuvo en su poder lo abrió impaciente, y, lleno de desencanto, se dio cuenta de que todas las páginas, excepto una, estaban en blanco. En la hoja escrita por el propio Boerhaave, se podía leer la siguiente máxima: «Tened la cabeza fría, el vientre limpio, los pies calientes.. y reíros de los médicos.»

Haller, médico anatomista de fama universal, se pulsaba en el preciso instante de su agonía. Decía tranquilamente:
―La arteria late.. la arteria late aún.. ¡La arteria ha dejado de latir..!
Y murió.

el profesor Marion, cirujano del hospital Lariboisière de París, no puede sufrir que personas de desahogada posición económica, cuando lo encuentran fuera de su consultorio, le hablen de sus males, disfrutando así de una visita gratuita. Hace unos meses, hacia las seis de la tarde, a la hora en que la rue Royale está más concurrida, el doctor Marion se disponía a subir a su coche, pero en aquel preciso instante una dama le detiene y empieza a contarle con todo lujo de detalles sus miserias de orden renal, para concluir pidiéndole un consejo médico en toda forma.
El doctor, después de prestarle atención, le dijo con suma gravedad:
―Muy bien, ahora mismo lo arreglaremos. ¿Quiere hacer el favor de desnudarse?


ronronea: levina

domingo, 15 de julio de 2012

inolvidable profesor Barraquer



Ignacio Barraquer nació en Barcelona en 1884. Sus prácticas de cirugía ocular empezaron muy pronto. A los doce años ya operaba ojos en conejos y cerdos bajo la cuidadosa vigilancia de su padre, José Antonio, que en 1902 fue el primer catedrático de Oftalmología de la Universidad de Barcelona. A los trece, don Ignacio extrajo una catarata de un ojo humano, con el consentimiento del paciente. El ojo estaba gravemente dañado e iba a ser enucleado por don José Antonio.

en 1908 se doctoró en Medicina por la Universidad de Barcelona con las más altas calificaciones. Desde el principio de su carrera se sintió fascinado por la dificultad de la extracción de cataratas. Las técnicas en uso, a base de dividir la membrana que encierra el cristalino a fin de extraer la masa opaca de la catarata, a menudo ocasionaba serias complicaciones.

un día de 1916, mientras observaba un pequeño acuario en su casa, vio cómo una sanguijuela levantaba un guijarro por succión. Esto le hizo pensar: ¿Por qué no utilizar los principios de la succión para extraer la catarata? Durante los meses siguientes diseñó una bomba en miniatura. El dispositivo, conocido familiarmente como «la ventosa» revolucionó la cirugía de cataratas. Don Ignacio la utilizó en más de treinta mil operaciones ―quizá más que ningún otro cirujano en la historia― con notable éxito. Viajó incansablemente por toda Europa haciendo demostraciones del instrumento. En París, en un congreso internacional de oftalmología, se dirigió así a los concurrentes: «Señores: comparen ustedes la pinza de prensión del cristalino con la uña de un gato, y mi ventosa con los labios de una mujer bonita. ¿Qué preferirían ustedes sentir sobre su mejilla?». El invento atrajo finalmente la atención del público en junio de 1920, cuando don Ignacio lo utilizó para devolver la vista a la viuda de Napoleón III, Eugenia de Montijo, de 94 años de edad.

también ideó docenas de otros instrumentos quirúrgicos que se emplean en todo el mundo. Miles de personas, incluido el propio don Ignacio, llevaban las gafas Barraquer, curvadas como el parabrisas de un coche para proporcionar una visión panorámica. Deseoso de que sus alumnos pudiesen observar sus operaciones más de cerca, inventó el oftalmoquiroscopio. Un espejo suspendido del techo, por encima de la cabeza del cirujano, reflejaba la imagen, dieciocho veces mayor, a través de una serie de lentes, en una pantalla del anfiteatro.

aunque atendía a unos seis mil pacientes al mes en dos clínicas, se sentía frustrado. Ambas clínicas resultaban pequeñas, y en ninguna de ellas disponía de espacio para su ampliación. Por la noche, después de catorce horas diarias de trabajo, esbozó los planos para la institución de sus sueños. «Ni los arquitectos ni los ingenieros podrían plasmar mis ideas en el papel», explicaba. Hasta los menores detalles se debían a Barraquer: puertas ligeras que cerraban suavemente sin necesidad de resortes; un aparato que inmovilizaba las ruedas de la camilla, convirtiéndola en mesa de operaciones; y un singular anfiteatro en el que los observadores se sentaban alrededor de la mesa de operaciones y podían ver, a través de unos paneles muy transparentes, las manos del cirujano a una distancia de poco más de un metro.


la Clínica Barraquer se inaguró en septiembre de 1940. Siete años más tarde se terminó de construir el Instituto Barraquer, un edificio de cinco pisos anejo a la Clínica. La Clínica y el Instituto se unificaron bajo el mismo nombre, Centro de Oftalmología Barraquer, en 1973, cuando se terminaron nuevos pisos que duplicaron el número de camas hasta 150, la mitad de ellas en régimen de dispensario. En 1962, la Clínica había inagurado el primer banco de ojos de la Europa continental.

sus hijos Joaquín y José Ignacio siguieron sus pasos, convirtiéndose ambos en eminentes cirujanos oculares que perpetuaron la labor de don Ignacio al frente del Centro. Don Ignacio no vivió lo suficiente para ver a la cuarta generación Barraquer ―dos nietos y dos nietas― seguir la carrera de oftalmología. En 1964 cayó gravemente enfermo con una afección hepática. Falleció el 13 de mayo de 1965 a la edad de 81 años. Aquella misma tarde sus hijos trasplantaron sus córneas a dos pacientes, en cumplimiento de su última voluntad.


(por el Dr. Alfredo Muiños, tal como se lo contó a Raúl Vázquez de Parga)

ronronea: claudia

lunes, 7 de mayo de 2012

Stefan Rudolf Weigl (1883-1957)



este señor fue un médico especializado en parasitología, que ha pasado a la historia como inventor de la vacuna del tifus. Ya he comentado en este artículo que el tifus era una enfermedad especialmente temida por los ejércitos nazis. Después de invadir la ciudad de Lviv, donde estaba ubicado el Instituto Weigl, las autoridades nazis le ordenaron establecer una planta de producción de la vacuna en su Instituto.

El método de producción de la vacuna fue un alarde de ingenio. El tifus se transmite por un género de bacteria llamada rickettsia, que se propaga en los intestinos de los piojos. Los humanos se contagian a través de las heces que los piojos depositan en su piel. Como en aquella época todavía no se sabía como cultivar artificialmente el agente infeccioso responsable de la enfermedad, Weigl decidió experimentar utilizando como base los propios piojos. Para ello el primer paso era infectar sus intestinos con el tifus, cuestión nada fácil pues la solución obvia, hacerles picar a un enfermo de tifus, resultaba poco práctico, peligroso e irreproducible (no olvidemos que hablamos de una enfermedad mortal). Weigl lo logró introduciendo la bacteria por el ano de los piojos ¡a mano! mediante agujas de jeringuilla tan finas como un capilar.

Una vez sorteado este obstáculo, Weigl empezó a cultivar la bacteria en «granjas de piojos». Cruzando especies de piojos caucásicas y africanas, obtuvo una nueva especie fácil de alimentar que bautizó como Pediculus vestimenta. Después diseñó un sistema para almacenarlos, unas minúsculas cajitas de madera con un agujero por donde los insectos asomaban la cabeza (más fina que el abdomen). Las cajas se fijaban mediante correas a pantorrillas ―si eran hombres― o muslos ―si eran mujeres― de «alimentadores humanos» 45 minutos al día, tal como se ve en esta foto.


Las heces, al quedar dentro de la caja, no entraban en contacto con la piel humana, y además Weigl desinfectaba las picaduras con alcohol y cloruro de mercurio. A pesar de todas las precauciones, al parecer hubo un cierto índice de contagio entre los «alimentadores», y el propio Weigl resultó infectado en una ocasión.

Cuando los piojos estaban repletos de rickettsias, se diseccionaba su intestino y se mezclaba con una solución de fenol. Tras filtrar los residuos sólidos en un giroscopio, se volvía a suspender el resultado en fenol y voilà! ya estaba lista la vacuna, que salvó miles de vidas. Además, Weigl exigió a los nazis, a cambio de su colaboración, la potestad de escoger el mismo a los «alimentadores», profesores, artistas e intelectuales judíos, que obtuvieron así una cierta protección frente a las persecuciones nazis. También envió a escondidas vacunas del tifus al ghetto de Varsovia y a otros ghettos judíos en grandes ciudades, donde el tifus había alcanzado proporciones de epidemia. Dicen que, en el ghetto, Weigl era tan famoso como Hitler, aunque por razones bien diferentes. Por estos motivos en 2003 Yad Vashem de Israel le concedió de forma póstuma el título de Justo entre las Naciones, aunque nunca llegaría a recibir el Nobel.

visto en:
piojos, el arma de Weigl contra los nazis (maikelnai’s blog)
piojos, rusos, alemanes y Justos (historias de la ciencia)
se busca alimentador de piojos (taringa.net)

post relacionado: tifus vs nazis

ronronea: claudia

sábado, 28 de abril de 2012

tifus vs nazis



Polonia, 1940, un año después de la invasión. El ejército de ocupación precisaba mano de obra barata para sus fábricas de armamento. Los nazis reclutaban trabajadores polacos de una forma sencilla: entraban por sorpresa en los pueblos, irrumpían en las casas secuestrando a toda persona, ya fuera hombre, mujer o niño, que estuviera en edad de trabajar. Pocos regresaban.

Eugeniusz Lazowski era un joven licenciado en Medicina, ubicado en el pueblo de Rozwadow. No temía que lo deportaran, porque los nazis necesitaban de supervisión sanitaria en los territorios ocupados. Para proteger la salud de la tropa, obligaban a los médicos polacos a mantener una estrecha vigilancia de la salud pública, e informar de cualquier brote epidémico grave, sobre todo de tifus. Los nazis tenían terror al tifus. En Alemania habían conseguido erradicar la enfermedad, algo positivo para la población en tiempos de paz pero de terribles consecuencias para los soldados en tiempos de lucha, ya que su sistema inmunológico no había creado anticuerpos, lo cual les dejaba prácticamente indefensos ante un contagio.

A finales de 1941, Lazowski diagnosticó el primer caso de tifus en un joven que se encontraba parcialmente inconsciente. Le tomó una muestra de sangre que envió al laboratorio de supervisión de los nazis para que la analizaran y esperó el diagnóstico. En aquella época el método de diagnóstico habitual para el tifus era la reacción de Weil-Felix, que consistía en mezclar un reactivo llamado Proteus Ox-19 con una muestra de suero sanguíneo. El resultado era positivo si el reactivo hacía que el suero se aglutinara y enturbiara. El proceso tenía un inconveniente: para conseguir un resultado concluyente, la temperatura del entorno debía ser de 38ºC exactos. Lazowski fue a visitar al pueblo de al lado a un amigo con el que había hecho la carrera de Medicina en la Universidad de Varsovia, el Dr. Stanislaw Matulewicz, para contarle lo sucedido. Matulewicz era especialista en medios de diagnóstico y no le hacía falta ningún laboratorio para diagnosticar el tifus. Puso a hervir un poco de agua sobre su mesa de trabajo, con un termómetro común tomó la temperatura junto al agua acercándolo y alejándolo hasta encontrar un punto exacto que marcó con una línea. 38ºC exactos. Puso una muestra de sangre y el suero se aglutinó. Lazowski se quedó estupefacto con la demostración. Entonces Matulewicz le lanzó una pregunta: «¿Qué ocurriría si en lugar de mezclar el Ox-19 con una muestra de sangre, se lo inyectáramos a una persona sana?» Lazowski no sabía que responder, pero su colega sí, porque ya lo había probado: la prueba del tifus daba positivo, o mejor dicho, un falso positivo en personas sanas. Y lo más importante, no había peligro para el individuo, ya que el reactivo estaba preparado con bacterias muertas. Esta información no era conocida en el mundo científico, y así empezó todo.

Los médicos eligieron pueblos enclavados en el bosque, y poco frecuentados por los nazis. Durante el invierno de 1941-42 indujeron la reacción positiva en algunas personas, para no despertar sospechas. Los nazis registraron los casos manteniendo en cuarentena las viviendas afectadas y restringiendo los movimientos de los infectados. Como piojos y tifus iban de la mano, en invierno se podía inocular a mayor número de personas, porque también los parásitos eran más, mientras que en verano se reducían en la misma proporción que la enfermedad. En otoño del año siguiente los doctores redoblaron sus esfuerzos. Buscaban enfermos de gripe, les diagnosticaban tifus y les ponían una inyección diciéndoles que era para aumentar su resistencia. A los pocos días les citaban de nuevo para tomarles muestras de sangre. Matulewicz era más temerario; si no encontraba pacientes con síntomas, el mismo se los provocaba administrándoles una mezcla de reactivo y ciertas bacterias que causaban los mismos efectos. Los pacientes entraban en la consulta sanos y salían enfermos. En la primavera de 1943 doce poblaciones y ocho mil habitantes estaban oficialmente infectados de tifus.

Después del descalabro de Stalingrado, los nazis empiezan a perder la contienda y se vuelven si cabe más despiadados. Matulewicz huye con su mujer, Lazowski se queda. Durante el verano de 1943 suspende las inyecciones, reanudándolas con la llegada del invierno. Pero esta vez surgirá un grave peligro: el jefe de la GESTAPO destacado en la zona sospechó, al comprobar que muchos de los enfermos sobrevivían. En febrero de 1944 citan a Lazowski a comparecer ante un grupo de médicos alemanes en el pueblo de Turbia. Intuyendo que los nazis sospechaban que estaba enviando a los laboratorios sangre de verdaderos enfermos con nombres diferentes, dejó que ellos mismos tomaran las muestras. Los llevó a las casas rurales más sucias y no dejó de advertirles que no se acercaran demasiado a los ocupantes, porque podían salir infestados de piojos. Los inspectores, muy nerviosos, tomaron las muestras y se marcharon sin notar que los enfermos no tenían manchas rojas en el cuerpo, uno de los síntomas más característicos del tifus. Los resultados fueron los mismos, reacción de Weil-Felix positiva.

visto en: el gran engaño del tifus (por Miguel Angel Maca)

ronronea: claudia

jueves, 28 de abril de 2011

Dottore Peste




entre el curiosísimo repertorio de máscaras venecianas, siempre me ha llamado la atención la de Dottore Peste, el Médico de la Peste. Al parecer tiene su origen en las terribles epidemias de peste que asolaron Venecia a partir del siglo XIV, cuando la llevaron a la ciudad los refugiados de Kaffa. Según una opinión bastante extendida, el atuendo de Dottore Peste fue ideado por Charles de Lorme, médico personal de los Medici, quien por cierto llegó a centenario a pesar de su ajetreada vida y arriesgada profesión, lo que sin dudas dice mucho de su pericia.

la máscara simula la cabeza de un ave, con un larguísimo pico curvado. En el interior del pico ponían especias, hierbas aromáticas y perfumes, con el propósito de protegerse de la plaga, y también de soportar mejor su fetidez. Los orificios oculares se cubrían con unas lentes de cristal rojo.

el atuendo completo también es hermético, para evitar en la medida de lo posible el contacto con los enfermos, y con los parásitos de las insalubres viviendas de la época. Se compone de un gran abrigo negro de tela gruesa hasta los pies, que se remete directamente bajo la máscara y a menudo va incluso impermeabilizado con cera, guantes, botas altas y un sombrero característico, de ala ancha, identificativo de la profesión. En las manos una vara de madera, con la cual se manipula a las víctimas. El efecto global resulta bastante lúgubre, y considerando el temor a la peste y los macabros usos de la Medicina de la época, no es de extrañar que la presencia de Il Medico della Peste fuera vista por la población como un signo de mal agüero.

en aquellos tiempos no se conocía exactamente el origen de la epidemia, había varias teorías al respecto: el diablo ―como no―,
las aves ―¿en alusión a las máscaras de los médicos?―, un «aire maligno» que atacaba los pulmones de las víctimas, e incluso los gatos, lo que provocó en algún momento el exterminio de todos los felinos de la ciudad (glups!!). De este modo el gato se convirtió en un animal exótico, y probablemente dio origen por su rareza a una máscara conocida como Gatto, que es hasta hoy característica para homosexuales.

más información:
Gabinete de curiosidades: Máscaras venecianas
Plague Doctors (curiosa galería)

ronronea: elea



miércoles, 5 de marzo de 2008

en el interior del cuerpo humano



increíbles fotos microscópicas del interior del cuerpo humano:

http://elmundosalud.elmundo.es/elmundosalud/especiales/2005/03/galeria_cuerpo/index.html

ronronea:
elea